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De la teoría geocéntrica a la teoría heliocéntrica

¿Cuál es la posición de nuestro planeta en el Universo? Responder este interrogante ha sido un objetivo recurrente durante varios milenios. En esta oportunidad hablaremos de dos de las teorías más representativas y de algunos de los personajes que intervinieron en su formulación.


La teoría geocéntrica

La teoría geocéntrica (del griego geo que significa Tierra) es una de las teorías más antiguas acerca de la posición de nuestro planeta en el Universo. En ella se consideraba que la Tierra era el centro de todo el Universo, y que el Sol, la Luna, los planetas y las estrellas giraban a su alrededor. Fue desarrollada en la Antigua Grecia por varios filósofos y tuvo su principal expresión con Claudio Ptolomeo en el siglo II d.C. quien completó y plasmó las distintas interpretaciones en su obra “El Almagesto”. Cabe destacar que Ptolomeo utilizó observaciones realizadas en Babilonia durante varios siglos.

Aunque posteriormente se demostró su incorrección, el modelo de Ptolomeo fue aceptado por la gran mayoría de los pensadores de la antigüedad y se mantuvo vigente durante varios siglos. De hecho, pudo sostenerse hasta bien entrado el siglo XVI.


Con el paso del tiempo y los avances en distintas ramas de la ciencia, las teorías fueron evolucionando y se encontraron evidencias que hicieron peligrar la viabilidad de la teoría geocéntrica hasta que, finalmente, fue desplazada.


El sistema heliocéntrico

La primera persona que se conoce que propuso un modelo de sistema solar con el Sol, y no la Tierra, como centro del Universo fue el filósofo griego Aristarco en el siglo III a.C. Según Aristarco, el Sol era el centro del Universo y la Tierra era solo un planeta más que giraba alrededor del Sol, al igual que el resto de los planetas ya conocidos.


Sin embargo, a pesar de que estas ideas de un sistema heliocéntrico, es decir, un sistema con el Sol en el centro, eran correctas para el sistema solar, no fueron aceptadas por sus contemporáneos y quedaron olvidadas durante casi dos milenios.

Más tarde, Nicolás Copérnico (1473 - 1543), que era un monje astrónomo polaco, elaboró un sistema astronómico heliocéntrico en el cual la Tierra orbitaba en torno al Sol, en oposición con el tradicional sistema ptolemaico en el que los movimientos de todos los cuerpos celestes tenían como centro nuestro planeta. Una serie limitada de copias manuscritas del esquema circuló entre los estudiosos de la astronomía, y a raíz de ello Copérnico empezó a ser considerado como un astrónomo notable. Con todo, sus investigaciones se basaron principalmente en el estudio de los textos y de los datos establecidos por sus predecesores, ya que apenas superan el medio centenar las observaciones de que se tiene constancia que realizó a lo largo de su vida.


En 1513 Copérnico había ya completado la redacción de su gran obra, “Sobre las revoluciones de los orbes celestes”, un tratado astronómico que defendía la hipótesis heliocéntrica. Su texto, en consecuencia, contenía una serie de tesis que entraban en contradicción con la antigua concepción del Universo. Para Copérnico, el centro del Universo dejaba de coincidir con el centro de la Tierra, así como tampoco existía, en su sistema, un único centro común a todos los movimientos celestes.


Consciente de la novedad de sus ideas y temeroso de las críticas que podían suscitar al hacerse públicas, Copérnico dudó en publicar su obra. La publicación se produjo gracias a la intervención de un astrónomo protestante, Georg Joachim von Lauchen, quien fue discípulo de Copérnico de 1539 a 1541. Von Lauchen lo convenció de la necesidad de imprimir el tratado, de lo cual se ocupó él mismo. La obra apareció pocas semanas antes del fallecimiento de su autor. Iba precedida de un prefacio anónimo, obra del editor Andreas Osiander, en el que el sistema copernicano se presentaba como una hipótesis, a título de medida precautoria y en contra de lo que fue el convencimiento de Copérnico.


La concepción geocéntrica del universo, teorizada por Ptolomeo, había imperado durante catorce siglos. Con Copérnico, el Sol se convertía en el centro inmóvil del universo, y la Tierra quedaba sometida a dos movimientos: el de rotación sobre sí misma y el de traslación alrededor del Sol. No obstante, el universo copernicano seguía siendo finito y limitado por la esfera de las estrellas fijas de la astronomía tradicional.


Después de Copérnico, el danés Tycho Brahe (1546-1601) propuso una tercera vía que combinaba los sistemas de Ptolomeo y Copérnico: hizo girar los planetas alrededor del Sol y éste alrededor de la Tierra, con lo que la Tierra seguía ocupando el centro del universo. Aunque Brahe no adoptó una cosmología heliocéntrica, legó sus datos observacionales a Johannes Kepler (1571-1630), un astrónomo alemán entregado por entero a la creencia de que el sistema cosmológico copernicano revelaba la simplicidad y armonía del universo.


Kepler, que expuso sus teorías en su libro “La nueva astronomía” (1609), concebía la estructura y las relaciones de las órbitas planetarias en términos de relaciones matemáticas y armonías musicales. Asimismo, calculó que el movimiento planetario no era circular sino elíptico, y que su velocidad variaba en relación con su proximidad al Sol.

Paralelamente, Galileo Galilei (1564-1642) que era un físico y astrónomo italiano, se inclinó por la teoría de Copérnico y sus descubrimientos con ayuda del telescopio significaron un paso trascendental en el desarrollo de las concepciones acerca del Universo.


Todo ello le trajo críticas de los tradicionalistas y en especial de la Iglesia y fue así como en el año 1616 fue citado por primera vez y conminado a alejarse de las ideas de Copérnico. Sin embargo, Galileo mantuvo recta su convicción hasta que en 1633, a los setenta años, fue condenado a abjurar de su doctrina y a prisión de por vida, pena que más tarde se aminoró y recibió permiso para aislarse en su villa rural de Arcetri, donde murió el 8 de enero de 1642.


El Papa Juan Pablo II abrió en 1979 una investigación sobre la condena eclesiástica del astrónomo para su posible revisión. En octubre de 1992, una comisión papal reconoció el error del Vaticano.

La revolución científica iniciada en el Renacimiento por Copérnico y continuada en el siglo XVII por Galileo y Kepler tuvo su culminación en la obra del científico británico Isaac Newton (1642-1727), a quien no cabe juzgar sino como uno de los más grandes genios de la historia de la ciencia.


Conocedor de los estudios de Galileo sobre el movimiento y de las leyes de Kepler sobre las órbitas de los planetas, Newton estableció las leyes fundamentales de la dinámica (ley de inercia, proporcionalidad de fuerza y aceleración y principio de acción y reacción) y formuló la ley de gravitación universal. Los hallazgos de Newton deslumbraron a la comunidad científica: la clarificación y formulación matemática de la relación entre fuerza y movimiento permitía explicar y predecir tanto la trayectoria de una flecha como la órbita de Marte, unificando la mecánica terrestre y la celeste.


Con los trabajos de Copérnico, Galileo, Kepler y Newton se fue conformando nuestra actual visión acerca de la posición de la Tierra en el sistema solar. Pero tendría que correr todavía mucha agua bajo los puentes antes de que pudiéramos comprender cuál es la posioción de la Tierra en el Universo. Hace poco más de dos milenios se creía que la Tierra era nada menos que el centro de todo el Universo. Hoy sabemos que somos solo una brizna de polvo en un Universo de dimensiones casi inimaginables. Tal vez nuestros antiguos antepasados pecaron de excesiva soberbia, pero hay que reconocer que fueron poco a poco pavimentando el camino hacia un conocimiento más acabado y más cercano a la realidad. Fue el trabajo de muchas personas con gran esfuerzo, paciencia, tenacidad y, sobre todo, mucha imaginación y creatividad.


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